miércoles, 29 de febrero de 2012

HISTORIA DE UNA HOJA DE RECLAMACIONES. CAP. IV. Conato. (Francisco Marsó)

CONATO (4/5)
Tras mi llegada a tierras lusas pronto comencé mi periplo social asistiendo a tertulias literarias de poetas modernos, exposiciones de arte contemporáneo y ecológico y conciertos, siempre de jazz por supuesto, y también tomando cerveza en bares. (Nota: algunos de estos datos pueden no ser ciertos del todo). Suerte tuve de encontrar rápido y ligero a distintos emigrados españoles. Digo suerte porque los portugueses, aunque muy simpáticos y amables, tienen una densidad en la sangre tan alta que roza los límites permitidos por la OMS (Organización Mundial de la Salud, no confundir con la OMIC, Oficina Municipal de Información al Consumidor, sita donde ya dijera en el capitulo uno y tres) lo que los coloca en muchas ocasiones (y no entran en este grupo mi amigo Xavi, por ejemplo) entre dos niveles: la categoría de sosainas y la de sosainas de mierda. En este caso los emigrados españoles a los que hago referencia eran más concretamente "españolas" (a todas ellas las saludo si me están leyendo en este momento, también quiero aprovechar para saludar a mis padres, sin los cuales todo esto no habría sido posible, a mi familia, a mi amigo "El Chustas" al que espero le rebajen la condena por colabarar, a la virgen de las Angustias y a Jordi Estadella que nos mira desde el cielo).

Es el momento ahora, para el buen desenlace de este episodio, de contar y recordar, una de mis primeras salidas sociales, en las que por un motivo cualesquier, llamadle X, llamadle casualidad o llamadle como queráis, pero resultó que terminamos nuestro andadura nocturna en un bar en el que servían cervezas además de otras bebidas alcohólicas de diversa gradación.
Tras varias rondas de pagar las cervezas, me percaté de que cuando pedía mi buena amiga Uve Punto O Punto la daban ("laismo" cometido a posta hecha) los vasos de cristal y que cuando era yo quien pedía las cervezas me las ponían en vasos de plástico. Ligeramente, digamos achispado (o sea, carente de chispa de inteligencia), a la siguiente vez que me tocó en gracia ordenar una nueva ronda de consumiciones le pedí amablemente al cabellerete que las sirviere que tuviera la deferencia, que no la diferencia, de ponerme las bebidas en los recipientes de cristal que tenían destinados a tal efecto. Su respuesta me causó gran sorpresa: "están para os clientes". ¿Qué soy yo?, me pregunté a mí mismo. Sorprendido y ofendido tomé sin rechistar los vasos de plástico que me ofrecía pues lo que más demandaba en ese momento era mi ración de cebada fermentada. En ese momento, con el gaznate ya más calmado me dirigí a mi otra gran amiga, Eme Punto A Punto, y le pregunté si estaría dispuesta a acompañarme a formalizar una queja por escrito. Cuando llegamos a la barra, me dirigí al mozo y le dije:
- Duas imperiais e uma folha de reclamaçoes, se faz favor
Para quién no comprenda este precioso y complejo idioma que enamora sólo con su sonido diré que pedí dos cervezas de barril y una hoja de reclamaciones, por favor.
El garzón gachón me puso las dos cervezas y extrañado me preguntó
- Mas como é que quere a folha de reclamaçoes? ("pero ¿por qué quiere la hoja de reclamaciones?") - o algo por el estilo.
El resto de la conversación la continuo en español, ante las grandes dificultades que entraña la traducción de tan excelso idioma.
Yo, que apenas llevaba unas semanas en Lisboa y ante mi desconocimiento del idioma lusitano, me sentía respaldado por mi amiga, gran oradora en la mierda de lengua de Camoes.
- Porque pedí cerveza en vaso de cristal - respondí - y me has dicho que "es solo para los clientes"
El joven mancebo (valga la redundancia), sorprendido una vez más me contestó:
- No, yo no dije que eran "para los clientes" yo dije que era porque "estaban calientes".
Ante tamaña equivocación, mi apreciada acompañante y yo nos sentimos decepcionados. Ambos teníamos ganas de pendencia y nuestra bocas ya habían salivado preparándose para la carnicería, pero finalmente nuestro gozo quedó en un poso... de hiel. Abortado el plan, mi amiga se disculpó con el muchacho exponiendo que el malentendido se debía a factores tales como mi desconocimiento del idioma, la algazara, etc. He de añadir, para justificar el motivo de mi confusión, que no debemos olvidar que muchos portugueses cuando hablan en su lengua materna parecen hacerlo como si tuvieran una mierda, también conocida como zurullo o mojón, en la boca, lo que dificulta la emisión del mensaje así como su correcta recepción y decodificación.

Con todo, no penséis que me quedé conforme con la explicación de aquel pícaro granujilla, pues tan calientes estaban para ponerme las cervezas a mí como a cualquier otro. Además, pronto me percaté de que tenían un extraño invento del demonio, muy moderno, un prototipo quizá, de una cosa que otrora viera usar por camareros de varios sexos, razas y religiones, algo llamado "grifo con agua" (no sé el nombre común) que viene instalado de serie en los grifos de cerveza, y que en ocasiones se utiliza con el fin de aplicar un líquido elemento llamado agua (con una partícula de hidrógeno y dos de oxígeno, o al revés, no lo sé) a la par que enfriar el vaso. Por tanto, decidme: ¿malentendido o argucia lingüística del muchacho?

Lisboa. 2012. Ed. Morgana. Col. Fata.

martes, 28 de febrero de 2012

HISTORIA DE UNA HOJA DE RECLAMACIONES. CAP. III. En la brecha. (Francisco Marsó)

EN LA BRECHA (3/5)

Eso de "cría fama y me llamaron mataperros" es cierto. Yo solo había puesto una reclamación en toda mi vida pero ya todo el mundo me consideraba la versión moderna de "Don Erre que Erre". Supongo que ese fama fue el acicate para despertar en mí el sentimiento de justicia universal que ha hecho que me cabree por las cosas más inútiles, inanes, vanas, fútiles y demás sinónimos cuanto más pedantes mejor.
Aunque nunca me prodigué en protestas en general, no sé lo que pensará mi familia en concreto, desde el momento en que firmé aquel pliego en la Cafetería Los Pipos el pedir o no la hoja era una espada de Damocles que pendía de la cabeza de cualquiera que tuviera algún tipo transacción comercial conmigo. Cuando caminaba por la calle podía observar a los dependientes bajar sus persianas o colgar el cartel de "vuelvo en cinco minutos" al tiempo que me espiaban tras los maniquíes para evitar un encuentro frontal conmigo.
La historia de la segunda reclamación que puse, carece de importancia, y no me enorgullezco de ella, pues fue una reclamación comunal a la que me uní cuando a unas pobres criaturas no las dejaron entrar en un pub de la plaza de toros. Yo sentí que debía secundar su causa y perdí media hora de mi vida rellenando un formulario que tenía la seguridad de que no serviría para nada (como si el resto sí hubieran servido para algo).
Pero la semilla de poner reclamaciones a los pubs quedó dentro de mí, muy profunda, y con el paso de los años germinó.

Germinó, como decía, hace dos años para ser más exactos. Fue un día de septiembre, en el que, según palabras de uno de mis acompañantes, iba "vestido como un pipa" (pipa: señor que acompaña al músico en los conciertos, le afina los instrumentos, le trae la guitarra, le ayuda con los cables, le trae agua, etc.). Aquellas bermudas, mis zapatillas del color de la Sábana Santa, y mi camiseta gastada a través de la cual se podía mirar, hicieron que sorprendente e inexplicablemente no me dejaran entrar en tan maravilloso y distinguido pub como es Ganivet 13 donde me consta sólo entrar gente de la más alta ralea y abolengo. 
                                                                                yo no fui,  lo prometo  
 Yo no entendía por qué, pero el armario ropero de zapatos relucientes de la puerta me lo explicó perfectamente, me denegaba el ingreso arguyendo que no se permitía la entrada al local con pantalones cortos. Aquello me dio mucha rabia. Si me hubiera dicho que no se podía entrar con pinta de guarro lo habría aceptado de buen grado, pero aquel razonamiento no me pareció lógico, de modo que me dirigí a él con la más exquisita de las educaciones y le pedí amablemente que me diera el libro de reclamaciones.
- No, no te lo saco
- ¿Por qué no? - inquirí presuroso.
- No te lo doy porque no eres cliente. Como no has entrado no eres cliente- dijo esbozando una sonrisa de ganador
Aquella explicación era completamente contingente y sin duda era una clara afrenta que me lanzaba a la cara con escarnio si el muy inútil hubiera sabido lo que significaba esa palabra. Sin el más mínimo gesto de nerviosismo, completamente circunspecto y sin mediar palabra me giré sobre mí mismo y saqué mi teléfono (en aquella época ya sí había móviles) y marqué el número que otrora me diera tanta satisfacción personal.
- Policía local, dígame- dijo una voz al otro lado del auricular.
- Hola buenas noches. Me llamo Sergio y estoy en la en la puerta de un pub llamado Ganivet 13 sito en la calle Ángel Ganivet número 13, como no podía ser de otro modo, donde se se me está denegando la entrada y a su vez el libro de reclamaciones y me... - unos dedos interrumpieron mi soliloquio, llamando mi atención sobre mi hombro.
- ¿Qué decías? - decía el dueño de la mano tras de mí - ¿la hoja de reclamaciones?
- Un momento - me dirigí a mi interlocutor telefónico - que parece que al final sí que me van a traer el libro.
Minutos más tarde, el jefe, encargado o lo que fuera, salió del local, portando en la mano un ajado libro de quejas. Rellené aquella reclamación gustoso con la mayor de las tranquilidades, en contraste con aquella primera que pusiera diez o doce años atrás. 

En esta ocasión me propuse llevar hasta el final todo aquel proceso debido a la maldita afrenta que había supuesto hacia mí y hacia, ahora no a mi derecho a cagar, sino a mi derecho a ir con pantalones cortos. Aquella noche tomé una decisión, no me dejaría llevar por los cantos de sirena que antiguamente me hicieran desistir de mi empeño, así que tras recibir la carta de la empresa en la que argumentaban que no me habían dejado entrar al disponer de derecho de admisión por el cual no se permitía el paso con pantalones cortos, indignado aún, o más bien, testarudado, y permítaseme el adjetivo inventado, continué con las diligencias pertinentes ante tan impertinente respuesta. Esta vez sí me personé personalmente en persona en la OMIC (Oficina Municipal de Información al Consumidor, que continua sita donde dije en el capítulo uno) donde di cuenta del agravio y quise llevar el proceso hasta sus últimas consecuencias. Tristemente allí solamente tomaron nota de mi disconformidad y me dijeron que investigarían si realmente el pub disponía de "derecho de admisión" y bajo qué condiciones. Ahora todo quedaba de su cuenta y ante mi interés me dijeron que ellos pasaban a ser los denunciantes por lo que ya no se me informaría del resto del proceso.

No sentí que mi honor quedara restituido. Dejarme a un margen en aquel litigio me dejaba huérfano de orgullo, así que inmediatamente después de abandonar la OMIC (Oficina Municipal de Información al Consumidor, que continua sita dónde dije unas líneas más arriba) subí dieciocho escalones en dos tramos de escaleras y me planté justo en la misma latitud y longitud donde me encontrara tres minutos atrás solo que en un nivel superior (por si no me he explicado bien, lo que he dicho es que subí al piso de arriba) dónde pedí información de los requisitos y obligaciones necesarios para abrir un pub en Granada. Quería armarme de montones de normas, leyes, decretos y cualquier cosa que sonara a legal, emitidos por ayuntamientos, gobiernos, diputaciones y cualquier cosa que sonara con potestad. Tenía la intención de volver al lugar del crimen, esta vez ataviado de mejor guisa sin duda, y anotar cuantas obligaciones y normativas conculcara para más tarde denunciar su incumplimiento. Debo decir que lo primero que pensé en auscultar, dada mi afición a cagar, fueron los servicios, pues, por lo que recordaba de otras veces, carecían de alguna de las que a mi parecer deberían ser características de obligado cumplimiento. Tristemente en aquel maldito sitio al que acudí a pedir información solamente pudieron darme un impreso para solicitar la tarjeta de minusválido para mi coche. Prometo que la próxima vez que vaya a pedir información de algún tipo iré al sitio correcto, y no al que me pille más cerca.

Y fue así cómo pasé de querer cagar en los bares a querer cagarme en los pubes, y fue de este nuevo e irracional odio que nació la siguiente de mis aventuras, o dicho de otro modo, un conato de reclamación.

Lisboa. 2012. Ed. Morgana. Col. Fata.

lunes, 27 de febrero de 2012

HISTORIA DE UNA HOJA DE RECLAMACIONES. CAP. II. Opera prima. (Francisco Marsó)

OPERA PRIMA (2/5)

Fue un viernes por la noche. Estábamos bebiendo detrás del Hipercor para enfrentarnos a una noche en los pubs de moda cuando de repente sentí la imperiosa necesidad de escenificar la coda de un bonito proceso digestivo. Siendo consciente de que mi noche acababa de empezar y aferrándome a lo que ya se había convertido en una máxima en mi vida "no dejes para cagar mañana lo que necesites soltar hoy" me dirigí junto con mi amigo A Punto Jota Punto a Mesón El Pipos, sito en calle Cañaveral esquina con Santa Clotilde. Allí pedimos una cerveza y un Fanta negra y, mientras llegaba la tapa, hice una incursión a los servicios dispuesto a deshacerme de lo que otrora fuera comida en buen estado. Mi decepción fue total, cuando tras subir una rampa para minusválidos, (lo que me hacía presagiar una gran calidad toiletística) me di de bruces con unos servicios que adolecían de elementos tan básicos como la celulosa, en cualquiera de sus formas, y de un cerrojo, también en cualquiera de sus formas.
Decepcionado y visiblemente preocupado, salí de aquel muladar y tras comunicarle a mi amigo la situación, me encaminé a apenas unos metros al otro lado de la calle, al conocido como Cafetería Los Pipos, perteneciente a la misma franquicia.
Sin muchas ganas de hablar y quizá, lo reconozco, algo desaforado, entré en la cafetería y sin mediar palabra, pues no era el momento para ello, me encaminé a los servicios:
- ¿A dónde vas? - se dirigió una voz hacia mí desde el otro lado de la barra.
- Al servicio - respondí al tiempo que me giraba para mirarlo a la cara.
- No.
Sonó seco y rotundo.
- ¿Por qué no?
- Porque yo no quiero.
Y sus palabras se me hicieron como la más brutal de las agresiones al razonamiento, al diálogo y a mis ganas de defecar en su maldito cuarto de baño.
En absoluto amedrentado, y con una inusitada rapidez me volví al engreído camarero y le pedí la hoja de reclamaciones.
- No te la doy
- ¿Por qué no?
- Porque no quiero, y ahora llama a la policía si quieres.
El guante estaba lanzado y ni qué decir tiene que lo recogí ipso facto. Sin mediar más palabras volví a donde mi compañero esperaba, y tras un largo trago para acabar nuestras consumiciones lo arrastré hasta una cabina de teléfonos (pensad que en aquella época no había móviles) con inquebrantable intención . Una moneda de cinco duros después me encontraba hablando con las excelentísimas y maravillosas Fuerzas y Cuerpos de Seguridad a través del 092. Tras mis explicaciones y petición de auxilio de mis derechos comencé la espera de una lucha que en cualquier caso ya tenía perdida, pues independientemente del resultado, la biológica necesidad de soltar un cagarro debería esperar a tiempos mejores.
Esperé allí un rato, solo, nervioso, en la fría noche de invierno, mientras mi amigo se desplazaba a contar la buena nueva al resto del grupo (en aquella época no había móviles, eso ya lo había dicho ¿no?)
Poco tiempo después de que ya todos estuviéramos reunidos, llegó la policía. Les conté lo sucedido y les expliqué, que el camarero tenia la ¡obligación!, y remarqué bien esta palabra, de dejarme pasar pues los servicios de los bares eran considerados como servicios públicos y por tanto no tenía la necesidad de ser cliente para usarlos. No me preguntéis cómo, pero ya fuera por ciencia infusa o por una mera especulación, tenía la completa seguridad de que aquella argumentación era cierta. El policía, perplejo ante tal demostración de conocimiento de las ordenanzas y leyes que rigen a los establecimientos públicos del ramo de la hostelería y ante su más completa ignorancia, no tuvo por más que ponerse en contacto con la central, la cual, al parecer, le confirmó que toda aquella palabrería de mierda, nunca mejor dicho, era cierta.

-Aguarde aquí- dijo uno de los policías, y entraron a la cafetería a dialogar con el simpático camarero.
No sé si fue porque era la hora de cerrar, no sé si fue porque la cafetería no tenía licencia de estar abierta a esas horas o si sería por la presencia de los uniformados, pero el caso es que, el local se vació en cuestión de minutos.
El policía que me había conminado a esperar fuera salió y me dijo: "el señor (por el camarero) dice que él no le ha negado la entrada al servicio, y que si lo desea puede usarlo sin ningún problema". Como todo el mundo sabe gracias al refranero español "la mancha de mora con otra verde se quita", y aunque mi garganta no estaba sequita sí es cierto que la demora había apaciguado mis pretensiones y ya no me apetecía hacer uso del W.C. así que le dije con absoluta corrección: "no gracias, ahora sólo deseo que me dé la hoja de reclamaciones".
Visiblemente nervioso, entramos todos en la cafetería y me dispuse a interponer mi queja. Mis nervios quedaban patentes en mis temblorosas manos, por lo que me vi obligado a requerir la ayuda de uno de mis acompañantes y dictar mis palabras:
"habiéndome encontrado en la necesidad de usar el servicio....bla, bla, bla"
Lo mejor de toda aquella experiencia fue ver la cara seria del camarero al entregarme la hoja, quedarse con la copia blanca y extenderme la rosa. Completó todo el proceso con la más absoluta frialdad y en silencio, debido, supongo, a la presencia de los agentes, pues de otro modo estoy seguro de que se habría deshecho en halagos hacia mi persona.

Lo que vino a continuación no tiene mucho interés. Bueno, en realidad lo que he contado hasta ahora tampoco lo tiene, así que... diré que me respondieron dentro de los quince días posteriores al suceso, tal y como dicta la ley, negando los hechos que yo había descrito. Ante esto yo tenía la posibilidad de acercarme a la OMIC (Oficina Municipal de Información al Consumidor, otrora sita en la calle Gran Capitán y ahora en su nueva ubicación en la calle Gran Capitán, solo que en otro número, unos doscientos metros más abajo) y continuar con el proceso debido a mis disconformidad con la respuesta. Por entonces, yo no tenía tanta diligencia como ahora, y ante la falta de apoyo de la gente, siempre me aconsejaron no seguir pues "no iba a conseguir nada igualmente" según decían, me relajé y dejé aquella reclamación en el limbo de las reclamaciones vagando sin rumbo eternamente.

Con aquella reclamación se inició un ciclo, aún por concluir, de no una, ni dos, ni tres, sino ¡cuatro! reclamaciones. Sí, ya sé que no son muchas, pero, como he dicho: es un ciclo aún por concluir.

Lisboa. 2012. Ed. Morgana. Col. Fata.

domingo, 26 de febrero de 2012

HISTORIA DE UNA HOJA DE RECLAMACIONES. CAP. I. El detonante. (Francisco Marsó)

EL DETONANTE (1/5)
                                                      Mapa cortesía de httpwww.casaaxarquia.comregion

Hasta donde yo sé hay mucha gente que me conoce y que no se sorprenderá de que me interese escribir la historia de una reclamación (otra cosa será que les interese leerla), pero también me consta que hay mucha gente que no me conoce, especialmente la gente del cono sur de Sudamérica, la gente de Oriente Medio, Extremo Oriente, Extremadura, Extremo Derecha y Derecho y Ciencias Políticas, y tres viejos que juegan a la petanca en la Plaza de las Huéscar de La Chana.

Pues bien, aquí va la historia:
El viernes pasado puse mi primera hoja de reclamaciones allende la frontera española. En realidad, para entender esto mejor, debería remitiros a algunos años atrás para explicar mi afición por las hojas de reclamaciones.
Pues bien, aquí va la historia:
El inicio de esta historia se remonta a hace ya muchos muchos años y voy a tratar de explicárosla:
Pues bien, aquí va la historia:
(música de flash back y se pasa a sepia y negro)
Eran aquellos maravillosos 90´ en los que triunfaban grupos como las Spice Girl, y otros que no me acuerdo, pero que también tocaban piezas bonitas y triunfaban. Recuerdo que un grupo de amigos, incluidos mi hermano y yo, fuimos de fin de semana a Torre del Mar. Allí, armados de tiendas de campaña, tres pares de calzoncillos y un colchón inflable, y completamente desarmados de dinero, nos disponíamos a pasar las mejores setenta y dos horas de nuestra vida.
Pues bien, aquí va la historia:
Nuestra meta era clara, pasarlo lo mejor que pudiéramos, tratando de ahorrar en lo posible en cosas superfluas como la comida o la higiene personal del compañero, no la propia. Es por eso que el elemento "supermercado" fue fundamental en el devenir de los acontecimientos pues, de venir cargados de casa no habríamos tenido que hacer la compra. Y fue así que aconteció, que nos dirigimos allí a aprovisionarnos de distintos elementos, a saber: latas de calamares en salsa americana y whisky. (Quiero ahora aprovechar para hacer una petición pública a la marca Miau para que por favor vuelva a la producción de este manjar que inesperada y tristemente ha desaparecido de los estantes de nuestros supermercados) (Lanzo también una oferta: compro latas de calamares en sala americana de la marca Miau en buen estado)
Una hora después, contentos con la inversión hecha y cargados de pan, latas y bebida abandonamos el economato antes del anochecer.
Hasta aquí todo fue perfecto, pero el problema llegó por la noche, cuando, bien hartos de comer (bocadillos de los ya citados calamares en una salsa que apenas afecta al hálito) nos dirigimos a comenzar la ingesta de alcohol en el paseo marítimo de tan insigne localidad. Nunca el término "alcohólica" fue tan descriptivo al hablar de una bebida espirituosa. Aquel día todos aprendimos una valiosa lección: un whisky llamado "Scotish Whisky" nunca podrá ser de gran calidad, y mucho menos si la botella vale menos que la de Dyc. Creo que fue en ese justo momento, en el que bebí el primer trago, cuando comenzó a forjarse esta historia.
Pues bien, aquí va la historia:
Al igual que el aleteo de una mariposa en Beijin puede provocar una cagalera en Torre del Mar, aquel trago de whisky con Coca-Cola también provocó una cagalera en Torre del Mar. A partir de aquella cata que duró varias horas, mi estómago inició un largo (no tan largo) proceso y/o litigio que se vería avocado indefectiblemente al desalojo de inquilinos por la puerta de atrás. Así fue como mis prioridades cambiaron y el problema en aquel momento se concentró por tanto en encontrar el lugar idóneo para soltar lastre, pues no abundaban los locales correctamente acondicionados destinados a tal efecto.
Aquel día tomé una decisión que cambiaría mi vida: "seré veterinario" y minutos más tarde tomé otra decisión: "no dejes para cagar mañana lo que necesites soltar hoy". Y tras esta decisión, inicié un prolongado periplo de visitas a baños de bares, los cuales analizaba, escudriñaba, anotaba y puntuaba según su higiene, su abundancia o ausencia de papel, su insonoridad, y un largo etcétera de elementos, para luego clasificarlos y saber a cuál acudir en otra ocasión en caso de emergencia.
A partir de este trabajo, que se inició como algo práctico y que continuó luego como mero hobby, fui aconsejado y animado por mi buen amigo E Punto Eme Punto a proseguir con un proyecto mayor.
Aprovechando las innumerables anotaciones y mapas escatográficos hechos, inicié el proyecto de una opera magna que se daría en llamar "Guía de la Axarquía, dónde cagar y por qué". De repente había mucha gente interesada en aquel trabajo e incluso comencé a recibir la ayuda de distintos ayuntamientos de la zona que vieron en la guía un modo de darse a conocer y atraer turistas por la limpieza de sus sanitarios. Me enfrasqué así, llevado por mi afición a cagar, en un trabajo que me consumía poco a poco, que me absorbía, y que no me dejaba tiempo para otra cosa. Y así pasé los tres días restantes, sin atender a razones, obsesionado por probar cuantos cuartos de baños me fuera posible.
Tristemente el fin de semana acabó y con él el apoyo de las instituciones, con lo que mi magnum opus quedó incompleta, inconclusa, inacabada, inédita, y más adjetivos que empiezan por in- excepto inodora, valga la paradoja.

Y así este viejo proyecto quedó casi olvidado, escondido, aunque latente, hasta que un día, recibí la llamada de un directivo de una famosa firma francesa de neumáticos que también hace guías de viajes cuya marca no puedo desvelar porque no me lo permite mi contrato, quien estaba interesado en adjuntar a su Guía Michelín de Granada del 98 un suplemento con los mejores servicios y váteres de la ciudad de la Alhambra.
Reinicié así mi tarea, centrándome ahora en los bares granadinos.
Pues bien, aquí va la historia:

(continuará...)

 Lisboa. 2012. Ed. Morgana. Col. Fata.

domingo, 1 de enero de 2012

Gracias amigo por los PowerPoints que me envías (Anónimo)

Hola, soy Cecilio Montijo Pineda, y os presento aqui lo que para mí es un bonito homenaje a toda esa preciosa literatura que circula por la red, de email en email, en forma de PowerPoint o similar.
Porque no olvidemos, que para hacer literatura, no es necesario publicar.




                                                      

Gracias amigo por los PowerPoints que me envías (Anónimo)


GRACIAS AMIGO POR LOS POWER POINTS QUE ME ENVÍAS
Tú que siempre estás a mi lado
tú que nunca me fallas en los momentos importantes
porque siempre me mandas power points con música preciosa
con imagenes tan bonitas como esta amistad que nos une.
Gracias, es bueno saber que estás ahí,
gracias desconocido, por difundir mi dirección de email por la ré
para que me lleguen correos del Banco Santander.
(¿no sé si se puede hacer publicidad aquí?)
Gracias por llenar mi cuenta de correo de emails tan interesantisísimos.

Y con este humilde montaje, quiero expresarte un sentimiento tan bonito como el amor
tan interno como el cariño tan importante y necesario como la amistad
un sentimiento que debo exteriorizar, algo que nace e la cavidad oral,
donde los alimentos son masticados.
La saliva es secretada en la boca, en grandes cantidades por tres pares de glándulas salivales
(parótida, submaxilar y sublingual) y es mezclada por la lengua, con la comida masticada.
luego se transporta hasta el esófago, pasando a través de la orofaringe y la hipofaringe.
Y me voy a saltar la parte del esófago y la del estomago.
Y bueno, como tienes muchos power points que hacer no me enrollo
a donde quería yo ir a parar , a ese sentimiento tan profundo que es al proceso biológico de la eliminación de las heces cuando después de haber pasado por el intestino delgado y el grueso
el quimo, esa masa pastosa, semisólida y de consistencia ácida, ya es materia fecal
por lo que va a almacenarse en el colon para luego desecharse.
Y debes saber amigo mío, que hay varias "válvulas" para mantener las heces hasta la hora de la defecación. El sistema parasimpático relaja el esfínter interno del ano
que va a traer como reflejo la constricción del esfínter externo y con ello la tensión del músculo elevador del ano.
Y es así amigo mío que viene la necesidad de defecar.
Y de esta manera quiero expresarte mi gratitud, pues de ninguna otra manera lo haría mejor
sino cagándome en ti y en toda la mierda que me envías.

domingo, 4 de diciembre de 2011

EL PROCESO CREATIVO (Jean Pierre Passato)

He decidido escribir un cuento. Me temo que no va a ser una empresa sencilla, pero también estoy seguro de que lo conseguiré. No pido mucho, no quiero escribir "El Cuento", tampoco pido un cuento que maraville, porque soy consciente de mis limitaciones, me conformo con un un cuento pasable, razonable.
Bien, el primer paso está dado: estoy decidido a escribirlo. Siguiente paso: hacerlo.
Quizá debería ser menos impulsivo y dejarlo para mañana. Imposible, soy como los niños: "quiero eso y lo quiero ahora", y bueno, supongo que si lo quiero ahora tendré que obviar que son las dos de la mañana y que mañana hay que trabajar.
Veamos, veamos, Lewis Carroll, vale, no es un cuentista pero me puede ayudar, Cuento Español Contemporáneo, ¿dónde lo puse?, Borges, de acuerdo, Chejov, anda que no tiro alto. Supongo sé si quiero escribir algo medianamente decente, teniendo en cuenta mis carencias debo fijarme grandes modelos, no voy a fijarme en aquel compañero de 6º que escribía tantas redacciones, con lo cual Chejov me sirve, junto con Hemingway, Hoffman y... qué tal algo más moderno como Raymond Carver.
Estoy tumbado leyendo, hojeando, tomando notas. Reflexión: es muy incomodo tomar notas tumbado, la tinta del bolígrafo, gracias al extraño fenómeno de la gravedad termina por no llegar a la cabeza del susodicho y nunca escribe. Bueno, al menos tengo unas cuantas ideas para ir entrando en materia, ya solo falta encontrar el estilo que quiero utilizar y la historia que voy a contar. ¿Sólo falta encontrar el estilo que quiero utilizar y la historia que voy a contar?, si eso me parece poco, o estoy muy seguro de mí mismo o soy un gran ignorante. Probablemente sea lo segundo. Bueno creo que debería acostarme.
¡Mierda!, no encuentro el interruptor, se me acaba de ocurrir una cosa que... o la apunto o para mañana se me habrá olvidado. De nuevo apago y me tapo.
Ayer debí acostarme antes, tengo demasiado sueño como para "seguir" con el cuento. Me pongo frente al ordenador y miro el documento en blanco. Debería ponerme a escribir ya, lo que sea, ya irá saliendo, lo que pasa es que yo lo que quiero es un cuento, con sus principio, su nudo y sus cosas y para eso lo mejor es tener las ideas claras antes de comenzar.
¿Por qué me resulta tan complicado?, que tonterías pregunto, la respuesta es sencilla, porque no soy un genio. Para lo genios todo parece ser muy sencillo. Seguro que lo es. Aunque yo no estaba presente cuando escribían sus genialidades me lo imagino, para eso si me da la imaginación, para una historia completa no, pero para esas tonterías sí. Además si hubieran tardado lo que yo voy a tardar en escribir el maldito cuento no podrían haber escrito cosas como Guerra y Paz o El Quijote, a mi ritmo ni Matusalén hubiera sido capaz, luego para los genios esas cosas son más fáciles.
Vale, dejémonos ya de reflexiones estúpidas, al trabajo, a ver que puedo escribir.
Nada.
Si fuera todo tan sencillo como el soneto que mandó hacer Violante a Lope.
Ya se como voy a empezar: "Un cuento me manda hacer Violante". Mejor no, muy visto, olvídalo. Me temo que me pongo metas demasiado altas, quiero escribir algo que no me provoque vergüenza al darlo a leer, entrañable, que sea original, ya puesto a querer podría pretender escribir Las Mil y Una Noches, por pedir que no quede.
La pantalla sigue en blanco, he cambiado varias veces los márgenes, el tipo de letra, el tamaño, pero la pantalla sigue límpida, salvo por el polvo, porque nunca limpio el monitor. Con la mirada perdida en la blanca imagen del ordenador pienso en lo distinto que era antes escribir. Me refiero al hecho físico de escribir, porque antes era precisamente eso: más "físico". Antes recuerdo que me dolía la muñeca de la intensidad con la que me aplicaba sobre el papel, como queriendo aprehender el momento, tratando de estrujar la idea por miedo a perderla. Al día siguiente algunas frases eran casi ininteligibles, aunque para entonces ya daba igual, los folios se hacían pedazos entre las manos. Me recuerdo también tratando de rescatar alguno de esos girones de la papelera.
Pregunta a mi mismo: ¿terminarás...?, perdón, corrijo: ¿empezarás alguna vez el cuento?.
Respuesta a mi mismo: supongo que sí, el problema es que no se cuándo y lo que es peor no sé si lo terminaré.

Granada. 2004. Ed. Altos Vuelo. Col. Pedanterías.

domingo, 20 de noviembre de 2011

UNA "PREPOSICIÓN" INDECENTE (Francisco Manuel Cardeño)

EPISODIO III: "BAJO" LA LLUVIA           
           Allí estaba yo, con las manos en el volante, luchando conmigo mismo por no apartar la mirada de las líneas blancas de la carretera, lo que no era una empresa sencilla, pues a mi lado estabas tú. La falda, negra, dejaba ver la piel de tus largas piernas que se iluminaba como cien crisoles al contacto con las luces de los coches que nos cruzábamos. La camisa acariciaba tu desnudo pecho y habría deseado que jamás se hubieran inventado los botones.
Así fuertemente el volante con mi mano izquierda y con la otra acaricié todo aquello que sentía que me pertenecía. Sentí un escalofrío al entrar en contacto con tu cuerpo. Tú dormías y no sentiste cómo recorrí tu piel desde las rodillas hasta los muslos, lenta y suavemente, como se acarician las cosas frágiles.
Tome un desvió y nos adentramos en un estrecho camino al mismo tiempo que las gotas comenzaban a mojar el parabrisas. La senda se hizo bacheada y despertaste. Más tarde el camino se abrió y detuve el coche en un pequeño llano, abrigado por los árboles, empapado por la lluvia.
Estábamos parados, el motor encendido y las luces puestas cuando sin mediar palabra, abriste la puerta y bajaste. Aún estaban mis manos en el volante y pude ver como caminabas hasta ponerte frente al haz de luz. La lluvia comenzó a mojar tu pelo y con suaves movimientos acariciabas tu cuerpo para que el agua resbalara y te cubriera entera. Estabas de pie, con las piernas apuntando hacia el suelo, precedidas por unos largos tacones, seguidas de unas altas botas, culminando en un trasero que se mostraba majestuoso al contraluz. Los brazos se abrían como abrazando la noche. Tu cara al cielo y tus ojos cerrados recibían el baño purificador de la lluvia y pude advertir, tras la empapada camisa, tu pecho en su máximo esplendor. Era todo un espectáculo. Yo apenas podía moverme.
Te quitaste las botas y descalza comenzaste a bailar, bajo el agua, girando sobre ti y proyectando sombras en la negra noche.
No pude soportarlo más y me bajé. Te abracé por la espalda y sentí que jamás te soltaría. Tú no podías verme pero me sentías. Sentías mis brazos alrededor de tu cuerpo, sentías la lluvia contra nosotros, sentías mis labios recorriendo tu cuello y sentías mi aliento en tu oído pero... también podías sentirme más abajo, pegado a ti, muy pegado.
Te acariciaba, recorría tus muslos levantando tu ropa, me deleitaba en tus pechos que sentía deseosos de mí. Lamía tu cuello y nos besábamos a la vez que mis manos no dejaban de deleitarse en cada una de las formas de tu cuerpo, sin prisa, lentamente, al son del ritmo que la lluvia nos imponía.
Me gustaba sentir el cenit de tus pechos, duro como el diamante, rasgando mi piel. La palma de mi mano pasaba una y otra vez ante el acicate de tus senos, sintiéndolos pétreos. Seguí explorándote y también pude sentir tu vientre, húmedo y resbaladizo.
Continué y por supuesto me encantó palpar el vello de tu bello sexo, tratando de enredarse en mis dedos. Te apretaba contra mí, fuertemente, con mi mano entre tu piel y tu ropa, pero llegué a dudar si no eras tú la que apretaba contra mí su trasero deseando sentirme más y mejor.
Mi mano, enmarañada en tu sexo, extendió sus dedos y comenzó la caricia más profunda que jamás hubiera imaginado. Nuestras bocas bebían la una de la otra. Tus labios eran el más sabroso de los frutos y se entrelazaron en un infinito abrazo, congelando el tiempo, a la vez que acariciaba las sedas más suaves que las que nunca se encontraron en la India.
Mis dedos sabían acariciarte en un continuo ir y venir. Me deleitaba en tu humedad, lentamente pero con precisión y fuerza. A veces mis dedos jugaban a esconderse dentro de ti, otras te rozaban, y casi siempre te apretaban. Nunca hubiera salido de aquel juego resbaladizo en el que a medida que avanzaba sentía que seguías ganando, y eso me gustaba.
Te diste la vuelta y quedamos frente a frente. Nunca dejamos de besarnos y nunca dejamos de tocarnos y así seguía yo, en ese instante congelado del beso, explorando cada uno de tus rincones, unos más profundos y otros no tanto. La maravillosa circunferencia de tu trasero era una vorágine de placer que mi tacto jamás había sido capaz de imaginar y ahora se me presentaba como la más real de las experiencias. Me encantaba subir tu falda unas veces y otras deslizar mis manos bajo ella, desde arriba, apretando hasta casi arañarte.
Dejé de besarte, te separé con un movimiento de mis brazos y me quedé inmóvil mirándote, emborrachándome de ti. Tu cuerpo, empapado, con los pechos ofreciéndoseme, mirándome, apuntándome. El pelo mojado, tu mirada límpida. Miles de ríos que deseaba beber. Tus pies desnudos. Tus ojos me miraban preguntándome y sin esperar respuesta tu mano se adelantó y acarició la parte más palpable de mi excitación.
No decías nada, simplemente me mirabas y me tocabas, y pude advertir como mordías tu labio en un gesto de placer, cerrando tus ojos por un momento, a la vez que introducías la mano bajo el pantalón para cerciorarte de que todo aquello era real. Así lo sentiste. Era maravilloso sentir tu mano acariciándome bajo la ropa. Te acercaste a mi oído y sin dejar de tocarme me susurraste: “quiero tu polla”
Te llevé hasta el coche y sujetándote bajo los brazos te senté en el capó. Las piernas colgaban y tú, apoyada con tus manos hacia atrás me mirabas pidiéndome algo, a la vez que abrías las piernas.
Ignoré tu deseo y mi boca se dirigió a tus pechos. Rasgué la camisa, frontera de mis deseos, y te lamí. Lamí tus senos queriendo beberlos, mi lengua jugó con tus pezones duros, y mis labios los mordían y los estiraban y sentías que tu deseo se desbordaba y que me querías más abajo. Seguí el contorno de tus pechos reconociéndolos con mis besos hasta llegar a tu vientre y una vez allí casi podía oler tu deseo. Solté tu falda abotonada a uno de tus muslos y quedó como un mantel sobre el que te me ofrecías como un manjar. Agarré tus braguitas y tiré de ellas sin necesidad de que te movieras. Estaba ante mí, mirándome, abierto, mojado, deseoso, húmedo, ansioso, necesitado, expectante, hermoso, impaciente. Mi nariz aspiraba las sedas de tu sexo y mi lengua se disponía a acariciarlo como a la más frágil de las flores. Al primer contacto se contrajo como si tanta espera lo hubiera vuelto cobarde, pero después se entregó a mí rendido. Tu cabeza se inclinó hacia atrás y sé que tus ojos estaban cerrados. Mi lengua jugueteaba con ese punto que tanto me necesitaba, girando en torno a él, una y otra vez, unas veces lento otras muy aprisa. A veces hacía una batida comenzando en lo más hondo y subiendo fuertemente una y otra vez hasta llegar al cénit, a grandes recorridos, sin que ningún rincón escapara a mi lengua. Cuando sentí que deseabas más mi lengua, esta se retiró y los labios aprisionaron tu clítoris.
Y allí estaba yo, con mi cabeza sujeta por tus piernas, sin dejarme ir, y con mi boca bebiendo de ti.
Seguí aferrándome a ti, saboreando, queriendo extraer de tu clítoris el mayor placer. Tus brazos no aguantaron y se rindieron. Entonces tu cuerpo quedó tendido en el coche, liberándome de rus piernas, abriéndose más y más, ofreciendo tu manjar lo mejor posible. Sólo se oía tu respiración y la lluvia. No cesé en mi trabajo ni un momento, y advertí que tu piel estaba erizada, que tu cabeza en el capó no dejaba de moverse a un lado y a otro y que tus piernas estaban cada vez más abiertas hasta casi desgarrarse. Mis manos te sujetaban por los muslos y los acariciaban pero tú apenas lo sentías porque mi boca no te dejaba pensar en otra cosa. Sentías mis labios perfectamente, sentías mi saliva en tu sexo, sentías como a veces, tu clítoris se rozaba con mis dientes, hacia adelante y hacia atrás, y otras veces cómo era mi lengua la que lo acariciaba, sin que en ningún momento acabara aquel movimiento de vaivén provocado por mi succión.
Chupé y chupé cada vez a más velocidad y levantando la vista pude ver como tu vientre y tu pecho se convulsionaban de placer. Tu pecho se llenaba de aire y se desinflaba y tu vientre reaccionó a cada uno de sus movimientos, del mismo modo que el resto del cuerpo reaccionaba ante mis labios con espasmódicas sacudidas, en un infinito orgasmo, que nunca parecía acabar y que, finalmente fue suavizándose y espaciándose cada vez más en el tiempo, hasta quedar rendida y completamente relajada.
Te hice incorporar y resbalar hasta mis brazos, y mientras tu culo se deslizaba por el capó tus ojos se entreabrían, sin apenas fuerzas y mirándome en una especie de pregunta cuya respuesta ya sabías. Al llegar a mí, la punta de tus pies casi tocaban el suelo y notaste como iba introduciéndome dentro de ti. Cuando finalmente pudiste sentir completamente el suelo mojado en tus pies yo estaba ya todo lo profundo que podía estar y volví a ver como mordías tu labio inferior. Apoyaste tu redondo culo en el coche y me abrazaste nuevamente con las piernas. Comencé a entrar y salir muy despacio, pero cuando lo hacía, salía hasta quedarme completamente fuera y cuando entraba era hasta lo más profundo, de modo que mi lentitud se compensaba con mi intensidad y pude verlo reflejado en tus ojos que apenas si podían mantenerse abiertos para mirarme. Cada vez que iba, lento y pausado, podías notar cada uno de los relieves de mi miembro, sentías como cada relieve te acariciaba por dentro sin dejar nada intacto, cada movimiento de mi pelvis te desesperaba de placer. La danza era perfecta, todo mi cuerpo, con ritmo acompasado, se retorcía para culminar el movimiento dentro de ti. Tu cuerpo era un magnífico coro del mío con el que sus movimientos quedaban perfectamente integrados.
Te giraste y ahora estabas sujeta al borde del coche, de pie, mirando hacia atrás, esperando recibirme en cualquier momento, con tus piernas firmes y tu culo esperándome llegar.
La lluvia ahora caía violentamente, como presagio de lo que se avecinaba.
Y así llegué. Justo como más te gusta que te folle, justo como más me gusta follarte. Ahora no era suave como antes, ahora todo era como una estampida, y te penetraba con violencia, con rapidez y sin descanso. Te gustaba sentir mis manos agarradas a tus caderas, y cómo mi vientre golpeaba tu culo a cada movimiento. Tus pies se ponían de puntillas porque te me ofrecías aún más, para sentirme cada vez más y más adentro y yo te correspondía con embestidas más fuertes. Tu cabeza se giraba para verme aunque tus ojos estaban cerrados por el placer. Querías mirarme, porque querías ver como todo mi cuerpo serpenteaba y culminaba su movimiento en cada golpe que recibías por detrás, en un movimiento sin principio ni final, en un hachazo directo a tu interior. Sabías que en cualquier momento llegarías al orgasmo, y completamente entregada a mí sólo te quedaba esperar.
La espera no fue larga. Tus gemidos eran mayores y tus piernas comenzaban a flaquear cuando sentiste como mis movimientos se volvían extraños y espasmódicos, y de repente el calor de mi cuerpo brotaba hasta el tuyo y te bañaba, y te inundaba, y te quedaste sin fuerzas sintiendo como me derramaba dentro de ti, y las rodillas te temblaron, y los músculos se relajaron.
Y allí quedamos, tú tendida sobre el coche, y yo tendido sobre ti mientras la lluvia continuaba.


Málaga. 2006. Ed. Edeneste. Col. Solezar.

sábado, 5 de noviembre de 2011

AVENTURAS Y CUITAS DE DIVERSA ÍNDOLE DE UN HOMBRE DIVERSO (Lucas Pinzón Ontario)


El fin de semana empezó muy pronto, el jueves para ser más exactos, si bien es verdad que con desigual fortuna.

Para empezar, ese día, mi ordenador dejó de funcionar inexplicablemente, justo tres días después de haberlo recogido de la tienda. Allí le habían cambiado un disco duro que había muerto, dejando tras de sí un montón de fotos,  un reguero de recuerdos y un largo camino de trabajo, de modo que volví a llevarlo a arreglar haciendo así valer la garantía que aun tenía la reparación.
Por otro lado estaba yo muy contento pues ese día llegaba a Lisboa un gran amigo mío. Era mi archifamoso amigo polaco Pavel, al que conocí en Londres y que fue quien me hizo la vida más fácil en la capital de la Pérfida Albión. Sí, sólo estuve allí un año, lo sé, pero nos hicimos muy amigos y hacía ya dos años que no lo veía, con lo que mis nervios eran comprensibles.
La mañana de autos, el viernes, que fue cuando quedamos en vernos, habíamos convenido en que los recogería (a él y a su mujer) en la Praça da Figueira tras recibir su mensaje avisándome de la llegada. Yo había intentado llamarlos por teléfono para hacer más fácil el contacto, pero por algún motivo que desconozco sólo podíamos comunicarnos por mensajes, lo que dificultaba el intercambio, ya que mi móvil está en español y escribir en inglés era un arduo trabajo. Finalmente aquella mañana tuve noticias suyas y tras recibir el sms, me aventuré en su busca. Y allí estaba yo, mirando a diestra y siniestra, buscando con la mirada a mi buen amigo, cuando de repente me acerqué peligrosamente a la estatua que orgullosa se yergue en mitad de la plaza. (Lo que viene ahora tiene dificultosa explicación). Alrededor de la susodicha estatua, se levanta, a un palmo del suelo, una especie de tarima de piedra. Flanqueando la tarima y circuncidándola toda hay un pequeño desaguadero dónde la gente aprovecha para tirar latas de cerveza si bien, en multitud de ocasiones, también es arrojado el contenido de éstas tras pasar por un proceso de digestión y metabolización. Es por esto que, mientras yo miraba al infinito buscando al par de desorientados amigos, la línea de mi horizonte quedaba demasiado alta como para observar tal accidente geográfico, y fue así como mi pie, descuidado e inocente, se apresuró sobre el escatológico hueco, propiciando que parte de su contenido, no sólo empapara mi zapatilla y parte de mi pantalón, sino que saliera despedido en un haz de brillante orina que refulgió con los rayos del sol mezclándose con el universo, evaporándose y volviéndose a solidificar (valga la paradoja) en unas preciosas y admirables gotas doradas, que a cámara lenta contactaron con mi sahariana llegando incluso, una de ellas, a besar amorosamente mi cara ungiéndola de por vida.

Si la situación era ya de por sí algo... digamos incómoda, añadiremos a ello que cuatro jóvenes de raza negra y aspecto desenfadado se apercibieron del milagro de la física que acababa de acontecer, lo que me cabreó aun más. Me miraban y se reían mientras yo maldecía para mis adentros profiriendo contra ellos multitud de insultos hacia su juventud y su desenfado. El mundo seguía a su ritmo mientras yo, algo empapado en orín humano y objeto de las burlas de aquellos simpáticos hijos de puta, sacaba mi móvil Nokia última generación del 2005 del bolsillo para llamar a Pavel. Obviamente no pude contactar con él, eso habría sido demasiado fácil y el destino ya me había avisado de que sólo podría ponerme en contacto con él a través de mensajes de texto. Mientras las risas retumbaban y el olor comenzaba a hacerse patente me dispuse a escribir un infinito mensaje en inglés para advertir a mi amigo de que que por motivos X (que él despejara la X si quería) me iba a retrasar un poco. Afortunadamente mi casa está bastante cerca de la plaza de la fatalidad, así que me dirigí a ella mientras escribía el mensaje a la par que emitía señales olorosas marcando el territorio de sabe Dios que incívico cabrón.
Cuando ya parecía tener escrito el mensaje, al parecer el destino quiso volver a reírse de mí y recibí una inesperada llamada telefónica. Acababa de joder el mensaje que tenía casi terminado. Era alguien que hablaba muy rápido y que trataba de explicarme, en un perfecto e incomprensible portugués, que mi ordenador tenía un problema con las "actualizaçoes" y que "no sé qué de bla bla bla" y de la "reistalaçao do sistema operativo". La verdad es que mi ordenador me importaba una puta mierda. Yo apestaba a diez metros, tenía una gota de orina en mi cara y mil en mi ropa, tenía a una pareja de polacos perdidos en Lisboa y esperando tener noticias mías y cuando ya casi tenía el mensaje escrito va y me llama el tío. ¿Cómo se pueden juntar tal cúmulo de incómodos y simpáticos imprevistos en tan poco tiempo?

Finalmente, al parecer, accedí a que me reinstalara Windows, aunque la verdad es que no recuerdo muy bien lo que hablamos, y tras su interrupción volví a escribir el mensaje, más sucinto esta vez. Es curioso como la adversidad aguza nuestro sentido de la síntesis. Tras ello, y ya en la puerta de mi casa, subí raudo y veloz y me metí en la ducha, liberándome de aquella broma que el destino había querido jugarme.

Lo demás es otra historia y, como decía Michael Ende, debe ser contada en otro momento.


Lisboa. 2011. Ed. Saudades. Col. Viajeros.

miércoles, 5 de octubre de 2011

PERIPLOS Y EPISTOLAS. CAP. IV. Como en España pero en inglés (Pedro Pablo Passatini)

¿A qué me refiero con esta sugerente, enigmática e ingeniosísima pregunta? pues que yo creía que sólo en España éramos cutres. Sí, y  me parece a mi que hay más sitios donde se hacen las cosas reguleramente. Me estoy refiriendo a la nevada de antiyer y ayer aquí en Londres. Resulta de que se puso a nevar el domingo por la noche (bueno, en realidad a las 7 de la tarde, pero como aquí anochece a las 5, parecía que era mucho más de noche aún). El caso es que llega el día siguiente y la ciudad está paralizada completamente: no había autobuses, no había metro, no había trenes. Bueno, en realidad sí había, pero no estaban funcionando. En España esto ha pasado y la gente se ha indignado, y como  por todo es conocido el refrán "mal de muchos, consuelo de tontos" yo, como tal que soy, me consuelo pensando que hasta en Londres a veces la falta de previsión y las cosas no muy bien hechas pueden suceder. La próxima vez verás como tienen más cuidado y no permiten que nieve tanto.

Acerca de la nevada diré que tengo opiniones encontradas. A mi me gusta mucho la nieve, quizá no tanto como a mi primo Adolfo pero me gusta. Pues me desperté el lunes para ir a trabajar a la magnífica hora de las 5 de la mañana y tras solazarme pensando en que soy un triunfador por tener que despertarme a esa hora para ir a trabajar , pude ver cómo todo estaba cubierto por un hermoso manto blanco. Ya la noche anterior estaba nevado, pero ahora el límpido blanco lo cubría todo totalmente. Parece ser que fui el primero de la urbanización en salir, como atestigua la foto adjunta tomada por Geno desde la ventana (que también hay que tener ganas para levantarse a las 5 y hacerme una foto mientras me voy) en la que podréis advertir sólo mi huellas.
Cuando llegué a la parada de autobús estaba en un éxtasis de placer por tan grandiosa visión de cómo un fenómeno tan atmosférico y tan curioso hacía cambiar tanto el aspecto de una ciudad.
Allí tardé apenas 30 segundos en descubrir que no había autobuses porque se lo oí decir a una mujer mientras hablaba por teléfono (no, no es que esté mejorando mi inglés, si acaso mejoro mi portugués, pues ese era idioma del diablo que utilizaba susodicha dama). Necesitando personarme en mi trabajo, como persona cumplidora que soy (ya sabéis que todos los años el 6 de noviembre cumplo) tomé la decisión de caminar en dirección al trabajo con la esperanza de,en la estación de trenes de Earlsfield, coger un tren. Todo estaba silenciosamente bello, y la nieve no dejaba de derramarse desde las nubes hasta el suelo (en algunos casos se derramaba hasta el techo de los coches, los tejados, los árboles, las barandillas, y un largo etcétera.) Yo, armado con mi gorro impermeable, caminaba y admiraba la celestial visión, contento de haberme comprado aquellas recias botas en El Corte Inglés (por cierto, pensé que aquí habría Corte Inglés, dónde si no, pero hasta ahora no he visto ninguno, salvo uno que se hizo Geno el otro día en el dedo mientras cortaba cebolla, aunque no fue en el dedo exactamente, más bien fue en la cocina).
Tras 15 minutos de caminata llegué hasta la estación de trenes antes citada y preguntando me informaron que no había trenes funcionando. ¿A donde coño voy yo al trabajo - me pregunté para mis adentros- si no hay servicio de ferrocarril y yo trabajo en una estación de trenes?, pero, quizá fuera porque había cenado poco la noche anterior, o quizá no fuera por eso, aun así continué en dirección a mi meta que en aquel momento era el trabajo.
Llevaba ya 30 minutos andando, con una nieve de 20 centímetros de espesor y ya no parecía que se derramara tan bellamente. Cuando caminas durante media hora, levantando tanto las piernas para superar la nieve, dejas de pensar en lo bello que está todo, sigues siendo bonito, de acuerdo, pero ahora son pequeñas mierditas blancas, bonitas, pero mierditas.

La cosa aún empeora cuando son 45 minutos. Cuando estás tan cansado que coges un puñado de mierditas para echártelo a la boca y refrescarte, cuando el corazón se te sale del pecho, cuando no sabes si es mejor quitarse de fumar porque estás bajo de forma o ya que estamos me paro y me fumo uno. En ese momento, miras hacia el suelo y ves tus piernas saliendo y entrando a cada paso de un enorme montón de heces acumuladas en el piso (en el piso y en los techos de los coches, los tejados, los arboles, las barandillas, y un largo etcétera.) y te cagas en la mierda (o sea, en la nieve) y en cuantas finuras sean capaz de ocurrírsete en ese momento, que afortunadamente no son muchas, porque el oxígeno ya no llega claramente al celebro y apenas puedes pensar (máxime si ya eres un poco oligofrénico como me diagnosticó el Dr. Solís).

Con los pies fríos, la mitad de la piernas empapadas y tras una hora de caminata a un buen ritmo (calculo que con ese ritmo en una hora habría ido de la Chana al Zaidín y vuelto) llegué a la estación donde trabajo.
Lo peor de todo fue que había muchos gilipollas como yo que habían intentado ir a trabajar, o bien sencillamente gente que tenia previsto viajar y se encontraron allí,  esperando trenes que no llegaban y que por supuesto tampoco salían. Todos aquellos gilipollas estaban con frío y con otras dos cosas por delante: una espera indefinida para coger el tren y al Gilipollas mayor (que era yo) que había caminado una puta hora, por entre la mierda, y que estaba allí plantado como un gilipollas (nota: buscar sinónimos de "gilipollas") para ponerles un puto café.

Al menos me consuelo pensando que llevé algo de calor a los fríos cuerpos de aquella desesperanzada gente.
Mentira, eso no es consuelo.

                                                                                                              Londres, 3 de febrero de 2009.
http://www.gmap-pedometer.com/?r=5124687

Madrid. 2009. Ed. Los viejos de Will y Berg.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

MEIA MARATONA DE PORTUGAL o Las aventuras y desventuras del joven, no tan joven, que se pegó una panzá de correr para llegar al mismo sitio. (Juan María de Tormes)




PRÓLOGO

Está claro, que la cultura greco-latina es a la par que admirable, una de las más cutres que hay.
No estoy hablando de Homero, Plinio (“el Viejo” claro, “el joven” era un comemierdas), de Ovidio, ni Julio César, no, estoy hablando de miles de años después, de la impronta que esa cultura mediterránea ha dejado en la actitud que tenemos ante la vida tanto griegos, italianos, españoles como portugueses.
Aún no sabéis a qué me refiero, lo sé. Ahora lo vais a comprender.

CAPÍTULO I
Dónde se presenta la historia y se hacen algunas valoraciones subjetivas.

¿Recordáis a Xavi? Pues me dijo que me acompañaría en los primeros quilómetros de la media maratón haciendo la prueba en su versión mini, de sólo 6 km. Para correr este tipo de carreras, lo normal es apuntarse, pagar un cantidad razonable (en esta ocasión fueron 13 euros) y recibir, esta vez sí, no como los chungos del triatlón, que no dieron nada, una bolsa con una camiseta técnica Adidas, un par de revistas especializadas, un parasol para el coche, una riñonera fea, como no podía se de otro modo, pero riñonera y folletos varios.
Pues bien, Xavi entendió que era demasiado dinero a pagar sólo por correr (de eso no lo culpo) y decidió que correría sin dorsal. El problema llegó cuando le dije que la salida era desde la mitad del puente Vasco da Gama y que el acceso allí se hacía únicamente en autobuses urbanos destinados a tal efecto, para lo que era obligatoria la presentación del dorsal. Un alemán, un austríaco o un belga lo habría tenido claro "pago y voy", pero claro, un griego, un italiano, un español o un portugués ¿qué es lo primero que piensa? Efectivamente, me pidió que escanera mi dorsal y que se lo enviara, que él ya lo retocaría y lo imprimiría.

Yo no estaba muy cómodo con la cutrez de su idea, pero bueno, no me afectaba.

Otra cosa buena que tienen los portugueses es su relación con el mundo anglosajón. Además de su amor a incorporar palabras inglesas a su vocabulario tales como “doca”, en lugar de “muelle”, o “envelope”, en lugar de “sobre escrito” palabra mucho más bonita para referirse al “sobre”, incorporan también su manera de iniciar la semana, pues al igual que nuestros amigos británicos, la comienzan descansando el domingo, y continúan con el lunes, de ahí que se refieran a él como “segunda feira”.
El caso es que, además de todo esto y como ya he podido comprobar, han tomado prestado de Las Islas, su marcado carácter puntual. Así se explica, por tanto, lo que aconteció el domingo de la carrera por la mañana

CAPÍTULO II
Dónde se narran los hechos de lo que aconteció el domingo a primera hora de la mañana y el traslado hasta el inicio de la carrera.

Había quedado con Xavi a las 7:45 con la sana intención de desplazarme en metro hasta el lugar desde dónde partían los autobuses. Lo amenacé diciendo que si a esa hora no estaba me iría. No fue necesario, porque Xavi, haciendo gala de una enorme puntualidad, a las 7:45 en punto, ni un minuto más ni un minuto menos, me llamó por teléfono para decirme que tardaría 10 minutos más. No sé por qué lo hice, supongo que porque ando escaso de amigos varones aquí en Lisboa, pero aunque me enfadé no me fui y lo esperé.

Efectivamente, y tal y como había prometido, tardó solamente 10 minutos más en volver a llamarme para retrasarse ahora solamente 5 o 10 minutos.
Finalmente apareció haciendo rally con el coche (cosa que por cierto aquí en Portugal no desentona en absoluto).

Cuando llegamos a la Estación de Oriente, desde donde partían los transportes, vimos que había un control férreo para entrar en los autobuses que llevaban a la gente hasta el punto de partida en el puente. Yo no estaba preocupado por mi dorsal, obviamente, y tampoco por el de Xavi, pues como bien dice el dicho “con su pan se lo coma” (para bien o para mal) y fue así como casi a punto de entrar en el autobús descubrieron su pícara triquiñuela. Yo, de haberme visto en tal trance (Dios me libre) me habría avergonzado y agachado la cabeza, pero él, lejos de eso, increpó a la señorita que había descubierto el ardid arguyendo que su única intención era acompañarme y que debería dejarlo pasar. Desde luego, quedó profundamente ofendido.

Quedó así la cosa y yo partí hacia la salida. Él quedó en tierra.

CAPÍTULO III
Dónde vemos lo que pasó desde mi despedida de Xavi hasta mi reencuentro con él tres horas después.

El autobús tardó media hora en llegar al puente, atravesarlo y, ya de vuelta, dejar a los corredores en la mitad de éste, desde donde aún nos quedaba una caminata de 15 minutos. Debo decir que fue un camino agradable, mirando el Tajo desde el puente pudiendo observar los humedales que quedan a la orilla, e incluso divisando pulpos desde la altura, y bajo el sol, arrepintiéndome de no haber cogido la gorra de Vodafone que regalaban a la entrada del autobús.
Por cierto, también me llamó Xavi diciéndome que iba a su casa a coger la bicicleta, y que cuando llegara a “Terreiro do Paço”, que es dónde la carrera daba la vuelta, lo avisara por teléfono, que me acompañaría el resto del trayecto en bici.
Una vez llegado, habiendo caminado entre la gente, que ya se agolpaba en la salida, llegó uno de los momentos más divertidos del día que os paso a relatar.

CAPÍTULO IV
En dónde cuenta el momento más divertido de cuanto sucedió aquel día.

Estuve esperando allí de pie, con el sol en mi cogote, una hora y cuarenta minutos hasta que se dio la salida.

CAPÍTULO V
Dónde prosigue la narración hasta el reencuentro con Xavi.

Una vez se dio la salida, como suele ocurrir, comenzó la carrera. Correr es un acto extraño, pues algunos lo hacen para huir, pero algunos gilipollas lo hacen por gusto. Mi caso es aún peor, pues no le encuentro el gusto y además no estoy huyendo de nada, y si alguien me pregunta que por qué lo hago entonces, que antes de preguntármelo se haga esta pregunta: ¿realmente son los neutrinos más rápidos que la luz?. ¿A qué no sabéis la respuesta con certeza?, pues eso mismo me pasa a mí.

El caso es que allí estaba corriendo, junto a 16 mil personas más y me preguntaba si podría resistir todo el camino, o si debería haber soltado más lastre por la mañana cuando fui al servicio. Y con esta dinámica de preguntas que sólo se responden con el tiempo, fue avanzando la carrera hasta llegar al quilómetro 4 donde parte de los corredores (los participantes en la mini-maratona de 6 km.) se desviaban.
Tras esto la carrera avanzaba más tranquila, con más silencio, roto en múltiples ocasiones por conjuntos musicales, colocados a lo largo del camino, tocando piezas clásicas de rock y soul.

Hacía un calor de justicia, aunque ya que hablamos de justicia, deberíamos decir, para ser justos, que hacía un calor de justicia, aunque para ser justos, eso ya lo había dicho antes, y es por esto que me hice un totico en la cabeza (como podéis observar en las fotos), para tratar de aliviar el calor que me producía el cabezón de pelos. Llegando al quilómetro 12, amén de un toto, llevaba también un buen ritmo teniendo en cuenta mis aspiraciones, y a pesar de no haberme entrenado tan bien como la vez anterior, me encontraba fresco. Acababa de pasar el ecuador de la prueba cuando me dirigía a dar un toque al teléfono de Xavi, pero no hizo falta, porque alzando la vista lo pude divisar. Xavi me esperaba, con su bicicleta, su mochila con zumo, su chocolate, su cámara de fotos y su sempiterna sonrisa.
  
                                                 

CAPÍTULO VI
De cómo mienten los anuncios y lo cuesta arriba que se hacen las cuestas arriba.

Xavi me acompañaba en bicicleta, y yo corría a su lado, refrescándome en los puntos de avituallamiento, tanto para hidratarme como mara mitigar el calor reinante en aquella maldita mañana de domingo.
Y de pronto, en el km 14 llegó una pequeña subida. Sí, era la misma subida que había hecho 5 km atrás, sólo que ahora era en sentido contrario, y con 5 km más en las piernas. Y fue entonces cuando pensé en el márketing, en la publicidad y en la frase “supérate a ti mismo” y decidí que era otra manera de decir “a dónde vas, cacho gilipollas, ¿no estarías mejor en tu casa tocándote los huevos?” . Luego, cuando llegó la bajada, y la sangre volvió a mi cerebro, me di cuenta de que no sería muy comercial: “NIKE, a dónde vas cacho gilipollas...”

Xavi me hablaba y me hablaba y yo, a partir del km 15, ya sólo comprendía la mitad de lo que decía pues además de que habla en portugués y muy rápido apenas le prestaba atención. Me ofreció zumo, Isostar y chocolate, pero yo siempre lo rechazaba. No quería añadir a mis síntomas, además de una cada vez mayor falta de fuerzas, también retortijones o angustia.
Y allí seguí, siendo filmado por su cámara de fotos, y animándome unas veces, otras pidiéndome que corriera más lento (tan mala cara me vería el pobre) pero sin saber que si corría más lento debería caminar y luego sería imposible reanudar la marcha.

Y llegando por fin al km 19 llegó el ultimo repecho. En realidad, más que repecho aquello era … una mierda, vamos, que aquello ni era repecho ni ná de ná, fueron 50 m. pero que a mí se me atragantaron como si fuera el Tourmalet.

CAPÍTULO VII
De la estupidez humana y de los prejuicios.

Quiero hablar aquí de la estupidez humana, si es que no ha quedado ya clara en lo que llevo de relato a la vista de lo visto, pero el caso es que debo reconocer que había gente aun más gilipollas que yo. No me refiero a los que hicieron la carrera en su versión “silla de ruedas” pues bastante tienen ya con lo que tienen. Me refiero a la gente que fui adelantando en algunas ocasiones. Y es que resulta que vas corriendo, o más bien arrastrándote, y ves como hay gente que se ha rendido y ha comenzado a caminar. Lo sorprendente es ver cómo a los pocos segundos eres adelantado por ese mimo personaje, que no contento con volver a correr, lo cual ya es dudoso que sea digno de alabanza, comienza a hacerlo con un ritmo endiablado, y claro, metros más adelante, rendidos, vuelven a caminar. Vamos a ver, si vas a correr 21 km, lo más lógico, digo yo, es correr lentico y lentico hasta que llegas ¿no? Pero eso de correr como si no hubiera Dios, parar, volver a correr como si no hubiera Dios, ¿qué puta táctica de carrera es esa?

A la sazón de estos corredores con un extraño sentido de la dosificación, hay un grupo que podríamos englobar dentro de los que yo doy en llamar desmoralizadores. Este grupo está compuesto por esas personas que las ves al inicio de la carrera y dices “mira ese gordo, dónde coño cree que irá” o “cuidado con la vieja, mírala, que se apunta a un bombardeo”, y luego ves como poco a poco empiezan a adelantarte. En realidad con estas características no hay muchos que te adelanten porque la mayoría de ellos ya te dejaron atrás 10 km antes, pero siempre hay alguno que salió más tarde que tú y te acaba dando una pasada, mientras tú, con la vista un poco nublada ya por la falta de glucosa, ves como se alejan sus carnes trémulas y sus culos gordos, sus rollizos brazos, y todo lo que quieras, pero te dejan atrás.

CAPÍTULO VIII
Dónde se cuenta mi llegada y alguna breve reflexión sobre mi tiempo en meta.

Los últimos metros no diré que son los más largos, porque no, más bien al contrario, tu alegría es mayúscula, y en mi caso, mi clarividencia se acentúa, hasta tal punto que recordé quitarme el toto de la cabeza, ese que me hiciera 14 kilómetros atrás, con la sana intención de quedar bien en las fotos y vídeos que se hacen de la llegada de los participantes a meta. Así es, amigos, corro 21 km y en vez de querer localizar la ambulancia más cercana, pensaba en qué perfil debía dar a cámara. Y lo peor es que seguro que el tontopollas que iba delante de mí me ha tapado y luego casi ni se me verá. Pero bueno, cuando salgan las imágenes ya os lo diré, que eso será otra historia y debe ser contada en otro momento.

Llegué finalmente a meta, y lo hice sin caminar ni un solo metro, de otro modo no habría tenido enjundia ni fuste. Mi tiempo oficial 2:07:44, mi tiempo real 2:06: 48. Hice 3 minutos y medio más que mi primera y, hasta ese momento, única carrera de estas características, pero aun así estoy contento, pues si bien es verdad que en ésta no tuve problemas en el comienzo con nadie que me retrasara, como sí pasó en marzo, esta vez no entrené tanto, pues el verano es malo para entrenar largas distancias, y además hizo un calor del carajo, lo que sin duda hizo que me cansara mucho más que la vez anterior.

EPÍLOGO

Después me tomé unas cervezas que me sentaron como hacía tiempo no me sentaba una cerveza (tranquila mamá, que he leído que la cerveza es buena para recuperarse de estas lides)

Debo agradecer a Xavi su interés en apoyarme, pues gracias a él tengo testimonio gráfico de mi carrera, tanto con fotos (como de hecho os adjunto alguna) como vídeos, que no adjunto porque bastante aburrido es ya leer un relato sobre una carrera como para encima verlo.

Quiero también advertir que Xavi es un buen amigo y compañero, aunque trate aquí de usar su figura con fines cómico-literarios, si bien no creo haber alcanzado ningún de ellos.

Y sin más me despido, pidiendo disculpas y dando las gracias a todos cuantos hayáis leído el relato completo prometiendo no volver a escribir tocho semejante en mucho tiempo.
 Lisboa. 2011. Ed. Desportos, Atos e Aramis. Col. As Corridas de Mar a Tones.